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Noviciado

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La vida en el Instituto comienza en el Noviciado[1].

El primer y principal fin no es otro que conocer y amar profundamente a Jesucristo, pues es él quien llama y quien lleva a la santidad y porque la vida religiosa consiste en configurarse más plenamente con aquel que dio su vida por nosotros. Por esto es que la Misa diaria, las horas santas de Adoración al Santísimo Sacramento que se realizan diariamente, los retiros mensuales, los ejercicios espirituales según el método de San Ignacio de Loyola, la recepción frecuente de los sacramentos y la dirección espiritual han de ser pilares en este año de intensa vida espiritual. Si el resto de las actividades, aún las mismas actividades apostólicas, se superpusieran a este fin se deformaría el espíritu del Noviciado que ha de buscar principalmente el ideal paulino: “ya no soy yo es Cristo quien vive en mi”[2].

El noviciado durará doce meses y “tiene como finalidad que las novicias conozcan más plenamente la vocación divina, particularmente la propia del Instituto, que prueben el modo de vida de éste, que conformen la mente y el corazón con su espíritu y que puedan ser comprobadas su intención y su idoneidad”[3].[4]

Es precisamente éste, el segundo fin del Noviciado, el conocimiento de la grandeza e implicancias de la entrega en la vida religiosa, particularmente todo lo concerniente al cumplimiento de los tres votos religiosos: de pobreza castidad y obediencia, de modo que una vez concluido el año de noviciado, con el consentimiento de los superiores, se realiza la primera profesión temporal.

En el Noviciado debe prevalecer la formación espiritual. También tiene lugar en él la capacitación intelectual necesaria para que las novicias puedan encarar los estudios posteriores. Podrán realizarse también experiencias pastorales y especialmente misioneras de acuerdo al carisma propio del Instituto. [5]

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En tercer lugar se da el conocimiento de las propias cualidades de la novicia quien ha de usar sus dones para explotarlos y ha de saber corregir sus defectos. Para esto es especialmente útil la vida fraterna en común en la cual uno descubre un ámbito propicio para contribuir con los propios talentos y también salen a la luz aquellas imperfecciones que es preciso corregir para poder ordenar todo según Jesucristo.

 

La Maestra de novicias deberá estimular a las novicias para que vivan las virtudes humanas y cristianas, llevándolas por un camino de mayor perfección mediante la oración y la renuncia de sí mismas; instruyéndolas en la contemplación del misterio de la salvación y en la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras; preparándolas para que celebren el culto de Dios en la Sagrada Liturgia; formándolas para llevar una vida consagrada a Dios y a los hombres en Cristo por medio de los consejos evangélicos; instruyéndolas sobre el carácter, espíritu, finalidad, disciplina, historia y vida del Instituto; y procurará imbuirlas de amor a la Iglesia y a sus sagrados pastores[6]. [7]

Luego de un período de prueba las novicias recibirán el hábito religioso[8].


[1] Cf. SSVM Constituciones 238.

[2] Cf.Gál 2,19- 20.

[3]CIC, c. 646.

[4] Cf. SSVM Constituciones 238.

[5] Cf. SSVM Constituciones 245.

[6]Cf. CIC, cc. 646, 652; FIR, 45-53.

[7] Cf. SSVM Constituciones 249.

[8] Cf. SSVM Constituciones 250.