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Devoción a San José

St Joseph


[1]
San Bernardino de Siena en un sermón suyo[2]sobre San José declaraba: Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier criatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida[3], y que la adornan con profusión. Ello se realizó de un modo eminente en la persona de San José. Pues tal fue el terreno que encontró la gracia en el alma de José que fructificó copiosamente en virtudes que adornaron su alma. Por ello San José es modelo de virtud: varón justo, obediente, magnánimo, fiel, humilde, pobre, esposo santo, padre ejemplar, amante del silencio, trabajador, generoso, con gran espíritu de sacrificio... y mucho más, pero aquello que más resalta es la pureza y castidad. Dios no sólo había elegido a una virgen como Madre de su Hijo unigénito, sino también fue convenientísimo que su padre sea también puro y casto.

Alguna quizás se pregunta el porqué de la especial devoción que le tenemos a San José. Y la respuesta nos la da San Bernardino de Siena «Si la Iglesia Santa es deudora de la Virgen Madre, ya que por ella ha sido hecha digna de recibir a Cristo, ciertamente la Iglesia es también deudora de San José, después de María, de agradecimiento y de reverencia singular»[4], pues la misma liturgia lo pone inmediatamente después de la Virgen María, además San José es miembro eximio de la Iglesia de Cristo, es modelo de virtud, es patrono de la Iglesia Universal, es patrono de la buena muerte, es esposo de María, es Padre del Verbo Encarnado, bajo su cuidado estuvo sujeto el mismo Redentor, pero sobre todo tenemos una especial devoción por su eficacísima intercesión, cosa que hemos experimentado muchas veces.

Santa Teresa nos da testimonio del cuidado y del poder de la intercesión de San José: Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. Vi claro que, tanto de esta necesidad como de otras mayores, de perder la fama y el alma, este padre y señor mío me libró mejor de lo que yo lo sabía pedir. No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido... a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide... Creo que ya hace algunos años que el día de su fiesta le pido una cosa y siempre la veo cumplida; si la petición va algo torcida, él la endereza para más bien mío [5].

Así como Dios procuró que su Hijo tuviese los mejores padres, siendo ambos castos, quiso también que su Hijo tuviese por esposa mujer casta, como lo es cada consagrada. Y toda religiosa elegida por y con singular amor para ser esposa del Verbo Encarnado, a imitación de San José, debe dedicarse por completo a su cuidado, es decir, a buscar de complacerlo haciendo su santísima voluntad y siendo madres, espirituales, de sus hijos.

«Y recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como San José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que “por el ejemplo y la intercesión de San José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad” [6].

Dice una estrofa de un himno a San José:

Custodio de Jesús en su divina infancia,

protege en la niñez la vida de la gracia.

Cantemos a José, guardián de nuestra fe,

el mismo Redentor por Padre lo eligió.

San José es aquél al cual Dios “confió la custodia de sus tesoros más preciosos” [7], que él las proteja con su incansable cuidado.

 


[1] Cf. Rev. Padre Carlos Miguel Buela, San José y las Servidoras, Prólogo al libro.

[2]  San Bernardino de Siena, Sermón 2, opera 7, 16. 27-30.

[3] Principio éste tomado de Santo Tomás de Aquino.

[4]Ibídem.

[5] Santa Teresa de Ávila, Libro de la vida, cap.6. Cursiva nuestra.

[6]Juan Pablo II, Exhortación Apostólica “Redemptoris Custos”, 31.

[7] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica “Redemptoris Custos”, 1.